
“Tienes las manos igual a la Nena. ¡Qué nervio!”, me dijo Felipe el otro día.
Rebeca Korenblit Kaffman es mi abuela, la mamá de mi madre y de mis tíos Daniel, Gabriel y Deborah.
Hija de inmigrantes rusos, nació en Temuco y (aunque le pusieron Elena y todo el mundo le decía Nena) cuando tenía unos ocho años su padre decidió que le cambiaría el nombre por Rebeca y así lo hizo.
Ella siempre me contaba esa y muchas otras historias de su infancia, que tuvo más privaciones que lujos. Por eso, siendo la mayor de 13 nietos y su regalona, siempre me llenó de mimos y regalos, todos los que ella no pudo tener. “Eres la luz de mis ojos”, me decía. “Hija de ricos con padres pobres”, decían mis papás cuando yo volvía a la casa llena de bolsas con muñecas nuevas, batas rosadas, zapatos, relojes y adornos.
La Nena tenía muchas supersticiones, no le gustaban los gatos ni las peceras. También, aunque era bastante prejuiciosa, tenía un fuerte compromiso social con los desposeídos. Ya no se acuerda de eso. En realidad, ya no se acuerda de nada. Hace unos 15 años le diagnosticaron Alzheimer, una enfermedad muy dura que la fue alejando poco a poco de todo, de todos y de sí.
Cuando la voy a ver tomo sus manos entre las mías. De verdad son iguales. También nuestros píes lo son. Le hablo de cosas que hacíamos juntas, de las idas a la sinagoga, nuestras salidas a comprar a las tiendas de “Provi”, las oncecitas en el Tavelly, las idas a Algarrobo, los encuentros de la Wizo a los que me llevaba como una mascota, los viajes que hicimos juntas a muchas partes, las canciones, las fotos, los recuerdos. Ella está lejos, en alguna parte y no sé si las cosas que digo le llegan, pero siento que aprieta mi mano fuerte cuando oye mi voz.

Después de los almuerzos en la casa de mis abuelos, siempre me acostaba con ella a dormir la siesta, antes de que se quedara dormida me gustaba tomar su mano y apretar el lado interno de su dedo gordo, para luego ver como la carne y la piel suavecita muy lentamente volvían a su posición original. Después, intruseaba su closet y me probaba zapatos, abrigos, collares, carteras y me pinturrajeaba con los miles de cosméticos que tenía en el baño. Cuando ella despertaba yo me había convertido en una Nena chica y, luego de la cara de susto inicial, se moría de la risa.
Encontré esta foto de cuando ella y mi abuelo Beny se fueron a vivir a Israel con sus hijos. Hasta hace poco nunca me preocupó cómo habían llegado hasta allá, hasta que mi madre comenzó a recordar el viaje que emprendieron a principios de los ‘60. Tan arraigada tengo la idea de que viajar es en bus o en avión, que me sorprendí cuando la Pilo contó que estuvieron un mes a bordo un barco que zarpó desde Argentina, con varias docenas de personas de otros países latinoamericanos. Allí, la Nena cuidaba a sus hijos, se juntaba con otras mujeres, tejía, leía y escuchaba historias.
Pensé en todos los viajes que hicimos juntas. A veces me peleaba con ella y la iba a acusar donde el Beny. “La Nenita tiene miles de defectos, pero tiene millones de virtudes, por eso la he amado siempre”, era la respuesta de mi abuelo.

Hasta hoy tengo esas palabras clavadas en el alma y en el cuerpo, son algo vivo, tan vivo como mis manos y pies iguales a los de la Nena.
*En la foto mi abuela tiene su mano en el hombro de mi mamá.