De negro, abrigo largo, cartera al hombro y una copa de champagne en la mano. Llevo una hora en el lugar y ya quiero irme. Me siento algo ridícula, sola en un espacio atiborrado, saludando a mucha gente conocida, pero no tan conocida como para meterme en la conversación.Es una fiesta en el subterráneo de un centro comercial, pero al mismo tiempo es una venta de prendas exclusivas de una marca de ropa bastante “top”. Pienso en la genialidad del evento desde el punto de vista del marketing: han logrado congregar a la crème de la crème de Santiago, músicos muy onderos, gente de la tele, del mundo de la publicidad y del diseño, fotógrafos y modelos, y mucha mina treintona “pelolais”. En definitiva, Beautiful People. Y todos quieren comprar… Y todos compran.
Es algo desconcertante ver a decenas de “niños bien” haciendo filas por largo rato para adquirir cosas que tal vez ni siquiera les quedan tan bien, pero “están muy baratas”. Descubro que algo anda muy mal cuando -reflejada en un espejo- me veo probándome un vestido que me sienta fatal, y me escucho pensando seriamente en comprarlo si es muy barato. ¡No lo necesito! Termino por gritarme en silencio.
Salgo del probador enojada conmigo misma y sigo dando vueltas con la copa en la mano. Todos (menos yo) parecen estarla pasando muy bien en este evento de ver y ser visto. Esto es rarísimo, como estar en una fiesta de las Rocas de Santo Domingo 15 años después. Y me invade ese sentimiento ambiguo que nunca he logrado manejar muy bien, un sentimiento que mezcla las ganas de pertenecer y las ganas de salir corriendo.
Camino hacia la puerta, dos mujeres salen del lugar antes de mí. Van cargadas de bolsas. “Ay, que lata no haber comprado más”, dice una de ellas. “Ay, que bueno que no compré nada, que bueno que me voy, que bueno no pertenecer”, pienso yo.




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