
Mi amiga Liú se enamoró de un italiano y hoy partió a vivir al país de las pastas y el limoncello.
Anoche nos juntamos con amigos a despedirla comiendo pizza chilena, la ayudé a armar la maleta y acepté sus últimos consejos de “no te lo pongas”, aunque no tiene mucho sentido, pues sigo cultivando mi estilo de gringa pobre.
Además de una chaqueta “sí te lo pongas”, Liú me dejo en calidad de “presto regalo” un montón de libros de arte y fotografía que metimos en un gran bolso naranjo.

Después de los besos, los abrazos y la invitación de rigor para ir a verla a Roma cuanto antes, junto a Valeria emprendimos el regreso de las ocho cuadras hacia mi casa.
A mitad de camino me despedí de mi compañera de caminata en la puerta de su edificio y asumí sola el peso del bolso. Entonces pensé en el libro que encontré en la casa de Lidia en Buenos Aires.
“Tenía más de 1500 páginas”, dijo la porteña, recordando cómo la novela la acompañó durante el viaje que hizo por casi toda Europa en tren.
- ¿Por qué no le quedan páginas?- pregunté.
- Porque era lo más pesado de mi pequeño equipaje y, para no odiarlo, decidí ir arrancado cada hoja una vez que terminaba de leerla. Así, cada vez viajaba más liviana.
- Y ¿qué hacías si olvidabas un pasaje anterior de la historia?
- Eso era bueno, porque me obligaba a poner más atención en cada detalle que iba leyendo y, si no recordaba algo, simplemente inventaba esa parte de la historia.

Cuando mis fuerzas se agotaban pensé seriamente en ir abandonado algunos de los libros en el camino, como las hojas de la novela de Lidia o las migas de pan de Hansel y Gretel en el bosque, pero decidí juntar valor y seguí, asumiendo que ese es el peso de la cultura. Todavía me duelen los brazos.
P.D. Liú: tus libros están a salvo… sólo dejé un par de hojas en el camino… jajajaja. Besos y suerte. Manda fruta.










