Después de visitar museos, después de bailar al ritmo de la sonora de Tomy Rey en la fiesta mechona de la FECH en Beaucheff (sintiéndome muy vieja), después de dormir mucho, después de ver a mi mamá y de visitar a mi abuelita Nena, después de caminar por la calle Estado y comprar una cuchara de té, después de otro domingo de trasnoche viendo Sex and the City… después de todo eso, siento que me falta un poco de primavera. ¿Será porque es lunes?
lunes, marzo 20, 2006
Lunes
Después de visitar museos, después de bailar al ritmo de la sonora de Tomy Rey en la fiesta mechona de la FECH en Beaucheff (sintiéndome muy vieja), después de dormir mucho, después de ver a mi mamá y de visitar a mi abuelita Nena, después de caminar por la calle Estado y comprar una cuchara de té, después de otro domingo de trasnoche viendo Sex and the City… después de todo eso, siento que me falta un poco de primavera. ¿Será porque es lunes?
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viernes, marzo 17, 2006
Museos de Medianoche
En lo personal, me interesa aprovechar la oportunidad para conocer el Palacio La Alambra y/o el Centro Cultural Palacio La Moneda.
Recomiendo especialmente el Museo La Merced... También es posible visitar los siguientes lugares:
Museo Nacional de Bellas Artes; Museo de Artes Visuales; Museo Arqueológico de Santiago; Museo Histórico Nacional; Museo Precolombino; Museo de Santiago Casa Colorada; Centro de Extensión UC; Fundación Telefónica.La gracia es que estos museos estarán abiertos al público en un horario especial, desde las 18:00 y hasta la medianoche… En este caso tal vez debería haber sido sólo hasta las 11… Mmmm, los números no calzan del todo, pero vayan igual.
Aunque tal vez alguien prefiera ir a la venta nocturna de algún mall ¿?
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miércoles, marzo 15, 2006
Día del Consumidor

Uno de mis deportes favoritos es reclamar y hacer valer mis derechos como consumidora y hoy se celebra el Día Mundial del Consumidor.
“¡Qué linda fecha!”, pienso.
Entonces me pongo feliz e imagino que la gente del Sernac ha preparado algo especial, también imagino que lo habrán publicado en el sitio web y por ello decido navegar hasta esas tierras.
Imagino mal. Al llegar me encuentro con que el sitio está “en construcción”. Opto por el teléfono. Mala idea. Al otro lado del auricular escucho a un tipo que en su vida pasada trabajó para la KGB o para KAOS. Pregunta mi nombre, mi RUT, mi teléfono, mi ocupación y mi dirección particular.
Me siento intimidada y molesta. Le explico que sólo deseo que me transfiera a la oficina de comunicaciones, que no quiero hacer ningún reclamo. Me dice que para entregarme esa información necesita mis datos.
Entonces, sí reclamo y sí me altero y le hablo sobre el derecho a resguardar mi identidad, sobre lo contradictorio del sistema… y corto.
Trato de llamar a los otros números que encuentro en la guía. Nada. Faxes y grabadoras con mensajes multinuméricos que conducen a ninguna parte.
Me resigno. Vuelvo a marcar el número de KAOS, desnudo mi privacidad, mis números, mi calle, mi ventana. Vendo lo mío por un número, un dato que me permita llegar al final de todo esto. Y marco.
- Hola, soy Loreto, deja tu mensaje y tu número de teléfono. Gracias.
No dejo mensaje. Vuelvo al sitio web del Sernac. Ya está funcionando. Tienen una noticia tipo que habla sobre el Día Mundial del Consumidor, dice algo sobre el origen de la celebración, pero no mencionan ningún evento, ninguna manifestación, ninguna luz.
Me pongo triste, porque comienzo a entender tantas cosas, tantos atropellos, tanta injusticia. Y pesco el teléfono para hablarle a Loreto sobre mi desesperanza.
Pero Loreto aún no llega.
lunes, marzo 13, 2006
¿De dónde te conozco?
- “Hola, qué rico verte… Oye, tú pelo está casi tan fucsia como el de mi hermana”, le dije, sin tener ni idea de dónde la conocía. Ella me saludó amable y me siguió el juego como si fuéramos amigas de toda la vida.
- Ay… perdona, se me olvidó tu nombre. ¿Tú trabajabas con mi mamá, eres amiga de ella o participaste en la campaña?… No me acuerdo de dónde se conocen - le dije.
- No, acabo de conocer a tu mamá en la fila – me dijo Jeannette Pualuan, que no era ni amiga, ni colega, ni nada de mi madre, sino de esa gente que a uno se le queda en la retina haciendo zapping una tarde después del trabajo.
Jannette es cantante, formó parte de la banda “Mamma Soul”, fue jurado del programa “Rojo” y hoy está promocionando "Salva mi Alma", un disco como solista que, por lo que alcancé a escuchar, está muy bueno.
Superada la vergüenza de la confusión, decidimos que podíamos ser amigas circunstanciales y compartimos todo el evento. Cabe señalar que no es la primera vez que me pasa algo así (jajaja… qué plancha).
Políticos, delegaciones extranjeras, personajes del mundo de la cultura, famosos y gente común (me incluyo en esta última categoría), fueron ingresando a la estación, formando un espectáculo variopinto.
Gala, gala, como quién dice gala, no era la cosa. La gente estaba con tenidas de todo tipo, desde trajes de alta noche, hasta ropa de calle, a lo que se sumaban algunos atuendos típicos de las delegaciones internacionales y las comunidades indígenas.Un par de filas más delante de nuestros asientos, una mapuche muy elegante con su vestimenta tradicional, filmaba el evento con una moderna cámara de video. Por su lente pasó la presentación de la Orquesta Clásica de la USACh, los bailes del Bafona y las canciones de Álvaro Henríquez.
Varias personas me han dicho que encontraron fome la gala. Yo lo pasé bien: miré, me reí, canté y aplaudí con ganas a la nueva Presidenta de Chile. Para mí fue una noche entretenida. ¿Qué más de puede pedir? Mmmmm… Sí, se puede pedir un buen Gobierno. Esta mañana, por primera vez en años, un hombre me cedió su lugar para que yo me fuera en el asiento delantero del colectivo. Parece que desde el sábado es el turno de las mujeres, porque ese sujeto, estoy segura, segura, que no me conocía.
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lunes, marzo 06, 2006
Sorrentinos…
Era medio día cuando crucé la frontera argentina por el Paso Futaleufú. Tras los trámites migratorios, seguí camino y comenzaron a aparecer los pueblos de la “No… a Bariloche recién tenés pasajes para tres días más”, me dijo la mujer a través de la ventanilla… Otra vez la carretera, otra vez la mochila al hombro, otra vez esperando algo o alguien que me llevara a destino. Entonces recordé varias películas argentinas que he visto en los últimos años y que están ambientadas en la Pampa (o en la estepa patagónica), especialmente “Historias Mínimas”, de Carlos Sorín.
No me encontré con más religiosos, y los 300 kilómetros hasta la capital del chocolate fue un tiempo sin sobresaltos hasta que la luna más grande que he visto en mi vida me gritó la bienvenida a Bariloche.
Sabía cuál era mi objetivo en esa ciudad y lo cumplí desde las primeras horas: COMER. Mi viaje por Argentina debía ser sobre todo culinario y la variedad no sería fundamental. De hecho pocos elementos marcaron el menú: bife de chorizo, sorrentinos, sorrentinos, sorrentinos, pizza y para tomar, agua o Quilmes. De postre, flan casero con crema y dulce de leche. Eso y nada más que eso. Ahhhh, los desayunos, medialunas con Mendicream o dulce de leche.
Después de tres días, un tur en el busecito de la alegría, playa, caminatas y una visita por el día a Villa la Angostura, decidí partir a San Martín de los Andes, uno de mis lugares favoritos en el mundo.
Me reencontré con mil cosas, desde el terminal, las rosas de los jardines, el centro, la tienda Oveja Negra y otros sitios de artesanía, la feria de la plaza San Martín, el restaurante Taco’s, la silla con forma de mano, los ahumaderos, la playa, Patalibros y tantos otros lugares y detalles, pero lo más importante fue reencontrarme con mi gran y querido amigo Eugenio Leguineche, con quien compartimos historias y nos pusimos al día en los últimos años de nuestras vidas. No tengo dudas, estar con él fue uno de los regalos más hermosos que me dio el viaje, por sus anécdotas, sus preguntas, sus respuestas y su presencia.Con varios kilos más en mi mochila y en mi cuerpo, dejé territorio argentino rumbo a Temuco donde gasté un trozo de la tarde visitando el mercado y la feria de artesanía de la plaza. El resto del día fue para mi amiga Verónica Aguilera. Era la segunda vez que estaba en la casa de sus padres y llené cada rincón con mil palabras y risas. Claro que los dejé mareados con mi bitácora a viva voz… Pero me disculpé diciendo: “… ese es el problema de viajar sola y no hablar con nadie… No sólo a ustedes, sino a cada persona que encontré dispuesta a escuchar, le di una porción de mi mejor verborrea”…
Verborrea que ya se va apagando, que se aleja a medida que me reintegro a la rutina. Pero la energía… ay… la energía que me dejó este viaje sigue conmigo.
Puerto Montt, Hornopirén, Carretera Austral, Pumalín, Chaitén, Futalefú, Bariloche y San Martín de Los Andes…
Esto es lo que yo llamo sacarle el jugo a las vacaciones.
¡Bienvenido 2006!
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lunes, febrero 27, 2006
La ruta de Futaleufú

Las duchas de agua caliente y el contacto con la civilización me hicieron ver la luz. Después de barajar posibilidades de ruta como atravesar a Chiloé o partir hacia Cochamó, supe con certeza cuál debía ser mi camino: cruzaría hacia Argentina por Futaleufú.
La decisión significaba perder casi todo un día, porque los buses de Chaitén a esa localidad sólo salen por las tardes. Sin embargo, en una suerte de agencia de turismo (de la Sra. Urbana) conseguí “algo” que partía a las ocho de la mañana.
“No va a poder ser na’ su viaje a Futa”, me informó el “docto” chofer. “Tengo muy pocos pasajeros y esa plata no me da ni pa’ la bencina… ahora, si usted pudiera pagar dos pasajes, ya podríamos negociar”.
Miré al hombre con desprecio, me puse la pesada mochila y partí hacia la salida de Chaitén dispuesta a hacer dedo (auto stop). Y confieso que recé… recé para que me llevaran pronto, pero también para que no me pasara nada malo. A los cinco minutos paró una camioneta y su chofer ¡Era un cura!
No sólo eso, sino que iba directo a Futaleufú, era uno de los tres sacerdotes que recorren los pequeños pueblitos de la zona e iba acompañado por una señora que era su amiga desde que se habían conocido en una parroquia donde él había trabajado algunos años antes.
Durante el camino vi los paisajes más impresionantes de las vacaciones y el sacerdote nos iba explicando a su amiga y a mí cada cosa del camino, de su geografía y de sus historias. Además paraba en todos los lugares más lindos para que pudiéramos tomar fotos.Aunque inicialmente pensaba quedarme en “Futa” sólo un par de horas y continuar hacia Argentina, opté por seguir las recomendaciones de mi improvisado guía turístico: “Tú, que eres una chiquilla joven, no puedes pasar por Futalefú sin hacer rafting en el río que le de la el nombre al pueblo. Muchas personas de Europa y Estados Unidos vienen a Chile sólo para vivir esta experiencia y después se van sin visitar ninguna otra localidad del país”.
Y era verdad. Una experiencia inolvidable que pasé junto a Josh (el guía) y mis compañeros de balsa: Moshe, Marshal, Nicol y Daniel. Hace algunos años había hecho lo mismo en el Trancura Alto, pero el Futaleufú es por lejos mejor: agua turquesa, un paisaje sobrecogedor y mucha adrenalina, gracias a sus rápidos de categoría 3, 3+, 4 y 4+, todos con nombres divertidos como Dientes de tiburón, El toro, Cazuela y Mondaca… Sí, Mondaca, él más temido de todos y donde nuestra balsa saltó y se volteó en el aire tirándonos a todos al río…
Al abrir los ojos estaba bajo el agua, sólo veía cascos, piernas, manos y remos, mientras trataba de entender hacia donde tenía que nadar para salir a la superficie y poder respirar, pensaba en todas las instrucciones que nos había dado Josh para sobrevivir a una situación como esa, hasta que él me tiró del chaleco salvavidas y me subió de vuelta al bote. Ufff… ¡Qué aventura!A la mañana siguiente me dispuse a retomar mi plan, pero era domingo y tampoco había buses que fueran hasta la frontera… Caminé hasta la salida del pueblo, nuevamente comencé a rezar y una hora más tarde llegué al límite del territorio nacional. Me despedí de los ocupantes de la camioneta que me llevaron hasta allí… era una pareja… ¡Una pareja de evangélicos!
Mi hermano Felipe se rió mucho con la historia y me preguntó si yo estaba tratando de cambiar de religión… Yo tengo otra teoría: pese a las distintas formas de acercarse a él, creo que Dios es el mismo y que me estaba acompañando.
Continuará…
lunes, febrero 20, 2006
Mucho bosque para mi…

El viaje tuvo de todo. Partí sólo conociendo cuál sería mi primer destino: el Parque Pumalín. El resto del trayecto se fue haciendo un poco por azar, un poco por ganas.
Finalmente no comí mariscos en Angelmó, no por miedo a intoxicarme, sino porque me encontraron cara de turista gringa y me querían cobrar un ojo de la cara. Así que, después de disfrutar un crudo en el centro, tomé el bus rumbo a Hornopirén, un pequeño pueblito que para mí fue la entrada a la Carretera Austral. Parte del tramo era sobre un trasbordador, nave que hizo un desvío de su recorrido habitual y se acercó a una lobería donde vi a más de 200 lobos de mar descansando sobre las rocas.
Hornopirén tiene más locales de Internet que lugares para comer. Eso llamó mi atención junto con la belleza de este lugar donde tomé el segundo trasbordador, esta vez hacia Caleta Gonzalo, una de las entradas al Parque Pumalín. En el trayecto estuve más de una hora escuchando hablar a un grupo de turistas-ciclistas de República Checa. La verdad es que no entendí nada de lo que hablaban, pero me fasciné mirando su interacción.
Una vez en Caleta Gonzalo, y luego de atravesar un puente colgante, llegué al camping, un lindo jardín rodeado de bosque donde cada quien instala su carpa donde quiere. Es bello el lugar, pero no se genera mucha interacción entre la gente. Sólo a la hora de las comidas pude conversar con algunas personas, compartiendo una mesa en el quincho. Todo lindo, todo limpio, todo normado. Aprendí a usar mi cocinilla con gran habilidad. En las noches pasé mucho, pero mucho frío, aunque llevé un guatero, uno de verdad, no es en sentido figurado.Intenté seguir la corriente de los visitantes del lugar y hacer uno de los senderos… este es una de las cosas que motivan a las personas para ir hasta este austral parque: recorrer los diversos circuitos que ofrece Pumalín. Comencé por uno de los más pesados… “La Cascada”. Me tomó cinco horas y terminé odiando el bosque nativo, los animales, los pájaros y los ríos. Sentí músculos de mi cuerpo que no conocía y terminé con barro hasta dentro de las orejas.
Resulta que este caminito que se veía tan lindo e inocente en un principio, aumentaba su dificultad a cada metro. Cuando uno pensaba que ya había pasado lo peor, venía algo realmente peor. Mientras caminaba y caminaba para salir del bosque, solo pensaba en volver a la civilización y en un buen masaje… Como soy muy sedentaria, comprobé que tengo un estado físico malito… jajaja.En el camping de Caleta Gonzalo, al igual que todo lo demás, los baños son muy limpios, pero las duchas son con agua fría (muy fría), no hay luz, teléfono, ni señal para celular y menos… Internet.
Aunque aproveche de tener largas conversaciones conmigo misma, tras cuatro días de aislamiento, cuando ya estaba a punto de comenzar a debatir con una de mis linternas a quien bauticé como Viernes (jajaja), me animé a hacer un sendero más razonable (Los Alerces, 40 minutos de caminata) y decidí volver al mundo. Me recibió Chaitén.
Después de encontrar un “moderno” cyber de Internet, con un poco de frustración a cuestas y convencida de que estoy un poco vieja para ir de camping sola, tomé otra decisión: que el resto de mi viaje tenía que ser eso, un VIAJE, con mucha conexión… y muchas conexiones.Continuará…
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jueves, febrero 02, 2006
A Pumalin los pasajes

Confirmado… a Pumalín los pasajes. En realidad, si todo sale bien, el domingo estaré llegando a Puerto Montt, con el infaltable almuerzo en Angelmó. Después partiré a Hornopirén y desde ahí sigue mi ruta hacia el mágico parque de Tompkins…
Ya tengo mis ollitas de camping, buena linterna y capa de agua. Estoy feliz con mi viaje. Parto con el corazón y los ojos abiertos, esperando recomendaciones de los que ya conocen el fin del mundo…
(Up date: estoy poniendo algunas fotos en mi flickr, pueden verlas pinchando aquí)
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lunes, enero 30, 2006
Voy y vuelvo
Hay tantas cosas para contar y tan poco tiempo. Tantas por vivir, por sentir, por conocer. Transito caminos nuevos, voy explorando con los ojos muy abiertos. Son esos, los míos, que este fin de semana dejan la ciudad y parten rumbo al sur.Voy a vivir en verde, en lagos, en lluvia y en viento.
Por ahora tendré días de mucho trabajo y, aunque hay mil cosas para contar en el blog, las historias tendrán que esperar.
Puede que deje un par de palabras, puede que no vuelva a escribir aquí hasta fin de mes… pero confieso que me encanta que vengan todos a esta casa mía, que hablen, se rían, reclamen, opinen o cuenten sus propias historias inspiradas en lo ven a través de mis ojos.
Así que aquí les dejo las llaves y… siéntanse como en su casa.
Voy y vuelvo.
miércoles, enero 18, 2006
Deje su mensaje después de la señal

Dejé la cartera sobre la cama y apreté el botón para escuchar los mensajes de la contestadota. Había sólo uno.
La mujer decía:
“Hola Rosita, quería pedirte que me anotes con dos horas para el sábado por
favor. Muchas gracias y cualquier cosa… llámame”.
Estas situaciones de verdad me desconciertan. Después de reírme un rato, comencé a pensar y a preguntarme un montón de cosas: ¿Quién era Rosita? ¿Qué tipo de servicios ofrecía? ¿Por qué dos horas? Y ¿Cómo sabría la mujer al otro lado del teléfono a qué hora la iban a atender?
Entonces recordé el cuento “La Voz del Amo”, del libro homónimo de Jaime Collyer, y decidí que si siguen llamando a Rosita, voy a terminar ofreciendo algún tipo de servicio…
¿Cuál?
No lo sé aún.
viernes, enero 13, 2006
En micro con el ministro
Frente a la Plaza de Armas tomé la 227 rumbo a la Plaza Italia. Sabía que era tarde, pero guardaba la esperanza de escuchar a Miguel Bosé o, por lo menos, que nos cruzáramos al terminar el show. El me miraría, yo lo miraría, y el flechazo sería inmediato. Ja ja ja.Iba riendo sola, disfrutando de mis fantasías, cuando el chofer se detuvo en una luz roja en la esquina de Merced con José Miguel de la Barra. Miré por la ventana y lo vi en el paradero. Allí, esperando micro, como cualquier mortal, con challa en el pelo y monedas en la mano estaba Osvaldo Puccio, el ministro secretario general de Gobierno.
“Pare”, ordené al conductor cuando se disponía a seguir su rumbo. Me bajé y caminé hacia el paradero. “Ministro, lo vi esperando micro y tuve que bajarme para saludarlo y para decirle que encuentro muy curiosa esta situación. Mi nombre es Paloma”, concluí mientras estrechaba su mano.
“Hola Paloma”. “Sí, siempre ando en micro”. “Porque me gusta”. “Sí, tengo un auto con chofer, pero uno se pone tonto si anda tanto en auto. Me gusta estar en la calle, ver a la gente, tomar el metro o la micro, siempre lo hago”, respondía Puccio a mis preguntas, mientras yo miraba su cara de niño travieso sintiendo que me caía cada vez mejor.
“Es que llegué al acto de cierre de la campaña de Bachelet muy temprano y tengo que ir a una comida ahora”. “No, no tengo idea si ya cantó Miguel Bosé… es que yo soy muy re huevonazo para esas cosas”. “Ha sido muy buena mi experiencia como ministro... claro que es un ministerio muy demandante, que no para, hay que estar en todo”. “Sí, antes de ser ministro fui embajador en Austria y Brasil. Experiencias maravillosas”, siguió respondiendo a la curiosidad de la transeúnte-reportera.
“Ministro, lo dejo, porque me quedé sin sencillo, así que debo seguir caminando si quiero llegar a ver el final del show”. “Ven, yo te presto”, me dijo y nos subimos juntos a otra micro. Los pasajeros lo saludaban amistosos, no había asientos y seguimos conversando de pie. Él respondía con la mano a la gente que le gritaba desde la calle y con historias entretenidas a mis preguntas. “Es fuerte esto de la tele… la imagen de uno que se crea en las personas”, me comentaba Puccio. Me contó que incluso le pedían autógrafos o lo paraban para sacarse fotos junto a él usando la cámara de un celular.
Llegué a Plaza Italia cuando el show se había acabado y Bosé ya no estaba, pero el saldo de la jornada fue positivo y tenía la cara llena de risas por la anécdota. Fue entretenido conversar relajadamente con alguien que tiene que ver con la contingencia dura del país y, sin embargo, se da permiso para ser una persona simple, despedirse con un beso en la mejilla y seguir su rumbo, el rumbo de un ministro en la micro.
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martes, enero 03, 2006
Saque su número

Para todo hay que sacar número, en la clínica, en el bazar de la calle Rosas, en la carnicería, en la isapre…
Y, mientras espero, pienso en lo que quiero pedir, en lo que necesito, en lo que me gustaría para este año y para todos los que vienen…
“D 99” se escucha por el altoparlante. “¿Con quién tiene hora?”. Necesito que me atienda un chamán, un experto en almas, alguien que restaure el cuerpo y lo calce con lo que siento, porque sepa usted que lo que siento cambia a cada minuto y es distinto en la mañana, en la tarde y en la noche. También sería bueno un palabrólogo que sepa ajustarme para que lo que digo sea realmente lo que quiero decir, para que lo que debo decir no importe tanto y para que mis palabras surtan efecto. También sería bueno un hechicero, que me de una pócima para que me pueda desdoblar, volar o hacerme invisible a mi antojo.
“B 27” marcan los números rojos. “¿Qué va a llevar?”. Quiero tres metros de tranquilidad, una bolsita con cien gramos de sueños, pero de los brillantes y autoadhesivos, también deme un paquete de autodisciplina y otro de confianza en mis capacidades, pero sin almidón. ¿Tiene felicidades, de esas que vienen con alegría y muchas risas? Deme ocho, pero que sean todas de distintos colores. “¿Algo más?”. Mmmm, un diluyente de malos ratos, que sea tan fuerte que sirva además para sacar penas.
“C 43” grita el carnicero. “¿Qué le doy casera?”. Deme cuatro kilos de amigos entretenidos, trabajos motivantes cortados para bistec, unas rodajas de días con nubes y sol, pero bonitos, también un par de kilos de cariño y que venga bien blando para meterlo al horno.
“A 62” anuncian. “Dígame”. Quiero cambiarme de plan a uno de luz, con copagos de conversaciones hasta la madrugada y bonificaciones de viajes, con mundos nuevos y redescubrimiento de los viejos. Eso quiero.
Pero siempre, siempre es tanto lo que hay que esperar, que termino por arrepentirme, y acabo pidiendo una hora con el oftalmólogo, unos metros de encaje, un cuarto de carne molida y el pago de mis cuentas… No sirvo para esperar, soy del club de los impacientes...
¿Y usted qué va a pedir?... No, no responda de inmediato… Saque su número y espere.
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