El lunes de la semana pasada me llegó una carta a la antigua, de esas con sobre y estampilla. Venía desde Bilbao, España, y en su interior encontré una hermosa tarjeta de navidad de “
El Respiro”, la compañía de diseño, arte y publicidad que inició mi amiga Soledad Poirot junto a su marido Felipe Samper.
Les envié un e-mail dándoles las gracias por el detalle. “Tendrás que agradecer en persona, estamos en Chile”, decía la respuesta. No fui la única sorprendida. Sole y Felipe llegaron de sorpresa para todo el mundo.
Primera estación: el miércoles era feriado y mientras almorzábamos con Paulo y la Maricel, ellos llegaron a mi casa por arte de magia. Vinieron con la pequeña y bella Amaya, hija de Felipe, quien se entretuvo con los cachureos-adornos de nuestra casa y con mis libros de niños.
Digo que llegaron por arte de magia, no sólo porque acudieron a mi invitación alegrando nuestro día, sino además porque descubrí que tengo un nuevo gran amigo y mi amigo es mago. Felipe nos dejó con la boca abierta con sus magias divertidas, porque lo suyo no son trucos, es fantasía, de la más pura y verdadera. Fantasía real.
Segunda estación: un encuentro sólo de mujeres. Con la excusa de aprender a hacer cajitas con resina, fijé una cita de sábado en mi casa. La Sole, la Piti y yo,
como hace 15 años, como si no hubiera pasado ni un minuto, pero con la alegría de ser mujeres grandes y felices.
Comimos fruta, tomamos té, tomamos vino, pintamos, recortamos, nos equivocamos y aprendimos. Fue uno de los momentos más bellos que he tenido en mucho tiempo. Mi mente paró por un minuto, por toda una tarde, y era yo, la de siempre, la de los cinco, la de los 10 y la de los 15. Y eran ellas. Éramos nosotras.
Hablamos de todo, de los recuerdos, de las personas, de secretos, fantasías, penas, rabias y alegrías. De comida y de sexo también, pero sólo un poco (esto nos va a costar un interrogatorio, ja). Nos reímos de lo lindo, nos miramos, nos reconocimos y nos quisimos tanto y más que antes.
Ya no importó si en algún momento tuvimos ondas distintas, si nos alejamos un poco, porque durante varias horas, como viejitas, pintando cajas, esta caja-terapia nos hizo sentir cerca, iguales, unidas.
Las tres coincidimos en que tenemos un sello y que en eso mucho tiene que ver la Tía Isabel Muñoz. Pero nuestro lazo va mucho más allá… es una unión de risa y cariño que sigue ahí por arte de magia.
Estación terminal, todos los pasajeros deben descender.