También comentamos sobre un tipo que bailaba como profesor de gimnasio, otro que se contorneaba cual vedetto y gurpos de amigos que al parecer pertenecían a la “generación Yingo”, algo que escapa a nuestro entendimiento pues 1) a la hora que transmiten el programa estamos trabajando, 2) estamos un poco viejas y 3) ninguna de las dos tiene televisión.
El lugar: “Mito Urbano”, una discoteque de Bellavista. El motivo: celebrar el cumpleaños de @jlriffo. La música: de todo un poco. La gente: un poco de todo.
Como siempre uso expresiones anticuadas, no quiero hacer una excepción, por lo que declaro que “dejé los pies en la pista de baile”, observé, recorrí el lugar de punta a cabo, tomé mucha agua y, por ende, visité el baño en varias ocasiones, lugar propicio para hacer anotaciones etnográficas sobre las mujeres y sus distintas formas de reafirmar su imagen frente al espejo.
“Esta polera hace milagros”, le decía una chica a su amiga. “¿Por qué?”, la interrogué. Me explicó que el drapeado de la prenda disimulaba los “rollos”, rollos que claramente sólo existían en su imaginación anoréxica. Minutos antes había entrado al “VIP”, señalando que necesitaba conocer todo el lugar y así tener material para escribir un artículo. Como el viejo cuento dio resultado, sentí la responsabilidad de figurar de reportera incluso en el baño. Las amigas eran estudiantes de dietética y párvulos, jamás habían oído hablar de mi blog, pero estaban felices de ser entrevistadas, por lo que me explicaron exaustivamente las razones que las llevaban a ser clientas frecuentes del lugar: “No es muy rasca, ni muy cuico, no ponen ni mucho reguetón, ni mucho tecno y el ambiente es muy bueno”.
Las dejé felices mirándose al espejo, y volví al segundo piso del local, donde se supone hay mucha “Very Important Person”, guapos y guapas bailando solos, en un corredor-balcón, esperando ser vistos o admirados por el “perraje” que disfruta en grande en la plata baja. Un garzón me explicó que los que tenían acceso eran los “amigos de la casa”, pero noté que también valía ser extranjero. Hablé casi con puros chicos. Un tipo que tenía una onda entre Elvis y Cowboy, me contó que era cordobés y que trabajaba hace cuatro años en Chile como modelo y en promociones, su amigo uruguayo hacía lo mismo y había una pareja de neozelandeses que estaban viajando y aprendiendo español, por cierto, sin mucho éxito. Más allá, uno que parecía futbolista argentino, resultó ser el cajero de un local de sushi del Alto Las Condes y el cuadro lo cerraban dos amigos brasileños que registraban todo en video con su cámara de fotos y que se empeñaron durante un buen rato en explicarme por qué el ambiente de la noche paulista era tan distinto.
Después de mirar mucho, recorrer el lugar, subir y bajar, volví donde mi amiga Bárbara quien esperaba sentada una canción que la hiciera cerrar la noche diciendo woooo. Pero fui yo la que gritó wooo, cuando comenzó a sonar “Corazón”… “Yo no sé que me pasa cuando estoy con vos…”.
“Pero cómo, ¿no la conoces? Es una de mis canciones favoritas”, le dije. "No, no la conozco y acabo de darme cuenta de que tienes un lado muy guachaca", respondió Bárbara al descubrir mi debilidad por la cumbia, que después de “Los Auténticos Decadentes”, siguió con “Que nadie se entere” de “La Noche”.
Todos tenemos derecho a tener nuestro "Lado B", ¿o no? Y el mío no es precisamente VIP, es cumbianchero.










